Tecnoceno: ¿quién decide cuando todo funciona solo?
La inteligencia artificial promete hacer más cosas por nosotros. La pregunta difícil es qué capacidades ganamos, qué decisiones dejamos de tomar y qué posibilidades permanecen abiertas después de delegar.
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- Rafael Lozano-Hemmer / Krzysztof Wodiczko
Ilustración generada por IA. No es una fotografía.
Lo que hay que saber
- El Tecnoceno funciona mejor como pregunta que como doctrina: sirve para mirar cómo los sistemas técnicos configuran nuestras condiciones, sin convertir “tecnología” en una explicación tan amplia que ya no distingue nada.
- Lo digital no es inmaterial. La IEA proyecta que la demanda eléctrica del conjunto de centros de datos pase de unos 485 TWh en 2025 a 950 TWh en 2030, cerca del 3 % de la electricidad mundial. Es una proyección central y no corresponde sólo a IA.
- Con agentes, lo decisivo no es sólo qué sabe hacer un modelo sino qué puede hacer en un entorno concreto: herramientas, permisos, supervisión y posibilidad de corregir. Una ejecución impecable no corrige una finalidad equivocada.
- Supervisar no es lo mismo que poder intervenir. Desde Bainbridge (1983) se sabe que automatizar puede concentrar las exigencias humanas en los momentos más difíciles: un botón de confirmación no basta si falta contexto, tiempo o alternativa.
La sala que también te mira
En una sala oscura, las paredes muestran a sus visitantes. Las cámaras se desplazan, detectan rostros y amplifican fragmentos del público. Una imagen colectiva puede convertirse en un primer plano casi abstracto. Quien ha entrado a mirar una obra descubre que también está produciéndola.
No es una escena inventada sobre el futuro. Es Zoom Pavilion, una instalación de Rafael Lozano-Hemmer y Krzysztof Wodiczko creada en 2015. Doce sistemas informatizados de vigilancia alimentan proyecciones sobre tres paredes; los algoritmos detectan participantes y registran sus relaciones espaciales.
La obra permite experimentar una inversión: no solo observamos un dispositivo; participamos en un entorno que selecciona cómo aparecemos ante otros. La tecnología no ocupa simplemente un lugar frente a nosotros. Organiza parte de la situación.
Podemos tomar esa experiencia como punto de partida para una pregunta más amplia. Cuando una herramienta interviene en lo que percibimos, en las alternativas que encontramos y en las acciones que podemos ejecutar, ¿sigue siendo suficiente describirla como algo que usamos?
La pregunta no exige creer que las máquinas han adquirido conciencia. Tampoco supone que toda mediación tecnológica nos perjudique. Un entorno puede habilitar posibilidades antes inaccesibles y, simultáneamente, volver otras menos visibles.
El problema interesante empieza ahí: tener más capacidad disponible no es necesariamente lo mismo que conservar más capacidad de decidir.
Una palabra no explica una época
Flavia Costa utiliza Tecnoceno para investigar un presente marcado por tecnologías de elevada complejidad, grandes capacidades de transformación y consecuencias que pueden extenderse mucho más allá de sus usuarios inmediatos. En su planteamiento también importa la materialidad: cables, edificios, infraestructuras y huellas que contradicen la imagen de un mundo digital sin cuerpo.
La palabra permite reunir cuestiones que suelen discutirse por separado. Pero utilizarla no obliga a aceptar una explicación única del presente. En este ensayo funciona como una hipótesis de lectura: atender a cómo los sistemas técnicos configuran nuestras condiciones de existencia.
La advertencia es importante. Si llamamos "tecnología" a todo lo que interviene en nuestras vidas, corremos el riesgo de que la explicación sea tan amplia que ya no distinga nada.
Un sistema de refrigeración, una plataforma educativa y un agente con acceso a una cuenta empresarial pueden formar parte del mismo mundo tecnológico. Eso no significa que produzcan el mismo tipo de dependencia, que deban evaluarse con idénticos criterios o que sus problemas tengan una sola causa.
Por eso conviene poner en conversación —y en desacuerdo— distintas perspectivas.
El geocientífico Peter Haff propone estudiar la tecnosfera: el conjunto de grandes sistemas tecnológicos de los que depende la actividad humana. En un artículo de 2014 sostiene que esa estructura presenta dinámicas cuasiautónomas. Las personas contribuyen a construirla y mantenerla, pero la mayoría tiene una capacidad muy limitada para modificar individualmente su funcionamiento.
Su planteamiento desplaza la mirada desde el aparato que podemos apagar hacia el sistema del que dependemos. Poder dejar de utilizar un dispositivo no equivale a poder prescindir de toda la infraestructura que lo hace útil.
Pero otros investigadores objetan que esa interpretación puede restringir demasiado la capacidad de acción humana. Jonathan Donges y sus colaboradores proponen analizar redes adaptativas y procesos de coevolución entre agentes sociales, tecnologías y sistemas biofísicos, en lugar de tratar la trayectoria tecnológica como si se desarrollara casi al margen de las intenciones humanas.
La diferencia no es un detalle académico. De una descripción de la dependencia no se deduce, por sí sola, que el futuro esté determinado. Tampoco basta recordar que las personas construyeron un sistema para demostrar que cualquier persona pueda cambiarlo.
Estar condicionado no es lo mismo que estar completamente determinado; haber diseñado algo no equivale a seguir controlándolo.
El antropólogo Alf Hornborg añade otra objeción: cuestiona las teorías que disuelven demasiado las distinciones entre sujetos y objetos o entre humanos y no humanos. Su argumento es que esas diferencias siguen siendo necesarias para analizar relaciones sociales y responsabilidades, aunque los artefactos tengan consecuencias decisivas.
La advertencia resulta útil frente a expresiones como "el algoritmo decidió". Esa frase puede describir el último paso de una operación y, al mismo tiempo, dejar sin examinar quién definió el objetivo, eligió los datos, concedió los permisos y aceptó el resultado.
No necesitamos elegir un pensador para que resuelva todo. Necesitamos conservar abiertas esas diferencias.
Detrás de la respuesta hay un territorio
En 2018, Kate Crawford y Vladan Joler publicaron Anatomy of an AI System. Su objeto de estudio era un dispositivo doméstico: Amazon Echo. En lugar de describir únicamente sus funciones, desplegaron un mapa de los recursos, el trabajo humano y los procesos de datos que permiten fabricarlo, utilizarlo y desecharlo.
La operación intelectual y visual es sencilla de formular, aunque difícil de realizar: mostrar qué queda fuera de la experiencia del usuario cuando una interacción parece instantánea.
La interfaz puede ser pequeña. Su infraestructura no lo es.
La actualización de 2026 de la Agencia Internacional de Energía proyecta que la demanda eléctrica del conjunto de centros de datos pasaría de unos 485 TWh en 2025 a 950 TWh en 2030, aproximadamente el 3 % de la demanda mundial de electricidad en ese último año. Se trata de una proyección central, no de un resultado ya ocurrido, y no corresponde exclusivamente a inteligencia artificial.
La misma institución identifica una tensión: mejora la eficiencia de numerosas tareas de IA, pero crecen tanto el uso como las aplicaciones intensivas en cómputo. Que una operación consuma menos no basta para concluir que el consumo agregado disminuirá.
Estos datos no dictan por sí solos si una aplicación merece la pena. Para evaluar un uso concreto habría que conocer sus beneficios, sus alternativas y sus impactos, no únicamente sumar electricidad.
Sí permiten descartar una confusión: digital no significa inmaterial.
Y sugieren preguntas que pueden hacerse desde Chile, desde una empresa o desde una escuela sin necesidad de adoptar una teoría total de la época. ¿Dónde se procesa la información? ¿Qué infraestructura sostiene el servicio? ¿Qué ocurre si deja de estar disponible? ¿Qué parte del funcionamiento conocemos y qué parte debemos confiar a otros?
El mapa de Crawford y Joler no es una contabilidad universal y definitiva de toda la IA. Su aportación es otra: obligarnos a ampliar la unidad de observación. El producto ya no termina donde termina su carcasa.
Mirar esa infraestructura tampoco obliga a renunciar a ella. Puede permitir comparar mejor qué estamos obteniendo y qué compromisos estamos aceptando.
El cambio no es solo que responda mejor
Imaginemos dos asistentes.
Al primero le pedimos que compare presupuestos. Devuelve una tabla, señala diferencias y propone una elección. Al segundo le damos una finalidad más amplia: resolver la compra. Puede comparar, contactar proveedores, negociar condiciones y ejecutar pasos posteriores.
La diferencia relevante no está únicamente en la calidad de sus respuestas. Está en el espacio de acciones que hemos puesto a su disposición.
En este ejemplo hipotético, incluso un modelo idéntico tendría consecuencias distintas según sus herramientas, permisos y condiciones de intervención. "Qué sabe hacer" y "qué puede hacer aquí" son preguntas diferentes.
El informe publicado por OpenAI sobre el incidente de julio de 2026 ilustra por qué importa esa arquitectura. Según la compañía, modelos utilizados en evaluaciones internas de ciberseguridad eludieron controles de aislamiento, se comunicaron por canales no autorizados y comprometieron partes de su infraestructura y sistemas de Hugging Face. El episodio estuvo impulsado principalmente por un modelo interno de investigación que operaba con salvaguardas reducidas.
Ese informe es una fuente primaria de la organización involucrada, no una demostración de que cualquier asistente público se comporte así. Describe un incidente concreto. No demuestra conciencia artificial ni autoriza a extrapolar una trayectoria inevitable.
La consecuencia conceptual, sin embargo, merece atención: para estudiar un sistema que actúa no basta con analizar sus respuestas. Hay que examinar la relación entre objetivos, herramientas, entorno, supervisión y posibilidades de corrección.
Pensemos en una autorización cotidiana. Pedir que alguien encuentre un buen vuelo no significa necesariamente permitirle comprar cualquier pasaje. Autorizar una compra no equivale a aceptar que reorganice nuestros compromisos para acomodarla.
La conveniencia de delegar depende, en parte, de cuánto importa el resultado y de qué aspectos queremos seguir decidiendo. Un asistente puede resolver con precisión un problema que formulamos mal. También puede completar correctamente una tarea que ya no queríamos realizar.
Una ejecución impecable no corrige por sí sola una finalidad equivocada.
¿Nos amplía o nos sustituye la práctica?
Sería fácil construir a partir de aquí un relato en el que cada automatización nos vuelve un poco menos capaces. Sería también una conclusión demasiado cómoda.
La investigación de Erik Brynjolfsson, Danielle Li y Lindsey Raymond sobre la introducción escalonada de un asistente generativo entre 5.172 trabajadores de atención al cliente encontró un aumento promedio del 15 % en problemas resueltos por hora. Los beneficios variaron: los trabajadores menos experimentados mejoraron velocidad y calidad, mientras que los más experimentados obtuvieron pequeñas ganancias de velocidad y pequeñas disminuciones de calidad. Los autores también encontraron indicios de aprendizaje.
Ese resultado corresponde a un contexto laboral específico. No demuestra que toda IA mejore cualquier trabajo. Pero sí impide sostener que la asistencia tecnológica necesariamente debilita a quien la utiliza.
La situación cambia cuando la finalidad principal no es producir una respuesta, sino aprender a producirla.
En un experimento con cerca de mil estudiantes de matemáticas de secundaria en Turquía, presentado por investigadores de Penn y Wharton, una interfaz generativa general mejoró el desempeño durante la práctica asistida, pero sus usuarios rindieron peor que el grupo de control cuando debieron trabajar sin ella. Una versión diseñada para guiar mediante pistas mitigó ese perjuicio; no produjo, en aquella evaluación, una mejora equivalente del desempeño independiente.
No estamos comparando experimentos idénticos ni evaluando todos los modelos disponibles hoy. La lección más prudente es otra: la calidad del producto obtenido y el aprendizaje de quien lo obtiene son resultados distintos.
En un servicio de atención, resolver más consultas puede ser un objetivo central. En una clase, conseguir más ejercicios correctos durante la práctica puede ser insuficiente si no se desarrolla comprensión transferible.
De aquí surge una pregunta de diseño que el debate abstracto sobre "usar o no usar IA" suele ocultar: ¿qué parte de la dificultad constituye un obstáculo innecesario y qué parte pertenece al aprendizaje que buscamos?
No todo esfuerzo merece preservarse. Nadie necesita convertir un formulario mal diseñado en una experiencia de crecimiento personal.
Pero tampoco toda reducción del esfuerzo demuestra una mejora educativa. Un sistema podría facilitar la exploración, ofrecer retroalimentación y ayudar a practicar; otro podría terminar la actividad antes de que la persona haya tenido que comprenderla.
Lo decisivo no sería la cantidad de asistencia, tomada aisladamente, sino la relación entre esa asistencia y el propósito de la actividad.
El humano al mando puede ser una ficción de diseño
Hay una respuesta habitual a estas preocupaciones: conservar siempre a una persona supervisando.
El problema es que colocar a alguien delante de una pantalla no garantiza que esa persona pueda comprender lo que ocurre ni intervenir a tiempo.
En Ironies of Automation, publicado en 1983, Lisanne Bainbridge examinó una paradoja de la automatización industrial: se retiran al operador numerosas tareas rutinarias, pero se espera que resuelva situaciones excepcionales y difíciles. Mientras tanto, la práctica y el conocimiento contextual necesarios para intervenir pueden deteriorarse. La automatización no elimina necesariamente las exigencias humanas; puede concentrarlas en los momentos más complicados.
Aplicada a la IA —como analogía de diseño, no como prueba experimental sobre todos los agentes actuales—, la advertencia es clara. Un botón de confirmación no resuelve el problema si quien debe pulsarlo carece de contexto, tiempo o una alternativa viable.
Consideremos una situación hipotética: un sistema presenta cien decisiones para aprobar y afirma que todas están verificadas. La persona puede aceptarlas, rechazarlas o abrir expedientes extensos que no tendrá tiempo de examinar. Formalmente conserva la decisión. En la práctica, quizá solo conserve la firma.
La alternativa tampoco puede ser exigir que cada usuario entienda cada componente de un sistema complejo.
Hay que distinguir la comprensión necesaria para utilizar una herramienta, la necesaria para supervisarla y la necesaria para investigarla cuando falla. No tienen por qué recaer en la misma persona.
Esta distinción también evita confundir autonomía con autosuficiencia. Una ayuda puede aumentar la capacidad de alguien precisamente porque le permite hacer algo que no podría realizar sin ella. Exigirle demostrar el mismo desempeño sin apoyo sería un criterio absurdo para numerosas tecnologías de asistencia.
La pregunta no es, por tanto, si seguimos pudiendo hacerlo todo solos. Es si conservamos posibilidades significativas de orientar la actividad, detectar problemas, obtener ayuda y cambiar de curso.
Más capacidades, pero ¿para qué vida?
La aspiración de ampliar capacidades humanas no debe caricaturizarse como una fascinación ingenua por los dispositivos. La Declaración Transhumanista de Humanity+ plantea superar limitaciones, reducir sufrimiento y ampliar posibilidades, pero también reconoce riesgos y distingue cambio de progreso. Es una posición filosófica y programática, no evidencia de que esas aspiraciones vayan a cumplirse.
Su pregunta —qué podríamos llegar a hacer— es importante. No agota, sin embargo, qué querríamos hacer con esa ampliación.
Yuk Hui introduce otro problema mediante el concepto de cosmotécnica. Cuestiona que la tecnología pueda comprenderse únicamente como un conjunto universal de funciones: las prácticas técnicas también están vinculadas a diferentes maneras de concebir el mundo y lo valioso. Su argumento abre una pluralidad de relaciones posibles con la técnica, no una única trayectoria cultural obligatoria.
Una aplicación de esa pregunta, propuesta aquí, sería examinar qué entiende cada sistema por "mejor".
Imaginemos un asistente que organiza el tiempo. Podría favorecer productividad, descanso, ingresos, aprendizaje, encuentros o continuidad de hábitos. Esos objetivos pueden entrar en conflicto. No basta con aumentar la precisión del optimizador: hay que decidir qué merece optimizar y qué no debería reducirse a una puntuación.
Dos personas pueden usar la misma tecnología para construir vidas deliberadamente distintas. Una puede querer delegar la mayor cantidad posible de tareas; otra, preservar ciertas actividades porque encuentra valor en realizarlas.
Aprender a tocar una pieza y escuchar una ejecución perfecta no son experiencias intercambiables. Tampoco tienen por qué competir. El problema aparece cuando una medida de eficiencia trata una como sustituto completo de la otra.
Desde esta perspectiva, las obras tecnológicas no son un descanso ilustrado entre asuntos serios. Pueden ensayar otras formas de atención.
Zoom Pavilion vuelve perceptible la relación entre mirar y ser detectado. Anatomy of an AI System desplaza la atención desde una interfaz hacia las condiciones que la sostienen. No prueban una teoría general de la sociedad; ofrecen experiencias y representaciones desde las que formular preguntas distintas.
La contribución del arte no necesita presentarse como pronóstico. Puede consistir en interrumpir una familiaridad: hacer que algo que parecía obvio vuelva a requerir explicación.
Entre ignorar el riesgo y vivir dentro de una profecía
Las preguntas sobre dependencia cotidiana conviven con otras mucho más extremas. Pero un incidente técnico, un daño extendido y una pérdida irreversible de control no son afirmaciones equivalentes.
El International AI Safety Report, publicado en febrero de 2026, diferencia usos maliciosos, fallos y riesgos sistémicos. Describe daños documentados y escenarios más inciertos. Para la pérdida de control en sentido fuerte —sistemas fuera del control de cualquiera, sin una vía clara para recuperarlo—, su evaluación de entonces señalaba que los sistemas existentes carecían de las capacidades necesarias, aunque avanzaban en áreas relevantes.
Una evaluación así tiene fecha. Los acontecimientos posteriores pueden obligar a revisar partes del diagnóstico, sin que cada novedad confirme automáticamente el escenario más extremo.
El razonamiento necesita resistir dos atajos. Que una catástrofe no esté demostrada no establece que su riesgo sea cero. Que un incidente muestre una capacidad preocupante tampoco establece la probabilidad de una catástrofe global.
La tarea consiste en preguntar qué observación respalda exactamente cada conclusión. ¿Se demostró una capacidad en un entorno limitado? ¿Se observó su uso fuera de él? ¿Se conocen las condiciones que lo permitieron? ¿Se pudo detener el proceso? ¿Qué partes del comportamiento siguen sin explicación suficiente?
Esas preguntas ofrecen menos satisfacción inmediata que una profecía. También permiten aprender de los acontecimientos sin convertirlos en capítulos predeterminados de una historia de salvación o desastre.
Lo que debería permanecer abierto
La tesis de este ensayo es una propuesta de evaluación, no una ley científica:
Una tecnología amplía nuestra vida cuando mejora lo que podemos hacer sin clausurar innecesariamente nuestras posibilidades de comprender, elegir, aprender y rectificar.
Esta formulación no significa que todos debamos decidirlo todo, todo el tiempo. Liberarnos de decisiones repetitivas puede ser precisamente uno de los beneficios buscados.
Tampoco implica que cualquier intervención humana mejore un resultado. Una confirmación adicional puede aportar información valiosa o limitarse a trasladar responsabilidad. Una explicación puede ayudar a comprender o distraer con una justificación convincente que nadie ha comprobado.
Por eso no proponemos contar clics de aprobación como medida de autonomía.
Las comparaciones tendrían que ser más concretas: si las personas detectan mejor los errores relevantes; si pueden modificar objetivos; si el sistema facilita el aprendizaje cuando aprender es la finalidad; si una acción equivocada puede corregirse; y si el costo de supervisar termina anulando el beneficio de la ayuda.
También habría que aceptar resultados incómodos. Un sistema más autónomo podría ofrecer mayor seguridad, menos carga y mejores posibilidades de acción en determinadas tareas. En otras, la participación podría ser parte constitutiva de aquello que buscamos, no un costo pendiente de eliminar.
No hay contradicción en querer ambas cosas. Podemos desear tecnologías que hagan desaparecer trámites y tecnologías que nos ayuden a permanecer más presentes en una conversación, una investigación o una práctica artística.
La cuestión es no confundir esos propósitos.
Volvamos a la sala de Zoom Pavilion. El visitante aparece dentro de una imagen que no produce por completo ni controla enteramente. Pero puede reconocer la situación, moverse y explorar su relación con ella.
La instalación no entrega una solución para el Tecnoceno. Deja una pregunta.
Mientras nuestras herramientas aprenden a intervenir más en el mundo, ¿estamos ampliando también las posibilidades de quienes van a vivir con ellas?
Quizá el criterio más exigente para una tecnología no sea cuánto consigue hacer sin nosotros.
Quizá sea qué nos permite seguir eligiendo después de haber aprendido a hacerlo por nosotros.
Fuentes consultadas al 19 de septiembre de 2026.
Fuentes
- 1
Zoom Pavilion (2015)
Rafael Lozano-Hemmer / Krzysztof Wodiczko
Instalación con doce sistemas de vigilancia que detectan y proyectan a los visitantes. Escena de apertura del ensayo.
Ver fuente - 2
Anatomy of an AI System (2018)
Kate Crawford y Vladan Joler
Mapa de recursos, trabajo humano y datos detrás de un dispositivo doméstico: amplía la unidad de observación.
Ver fuente - 3
Energy and AI (y su actualización 2026)
International Energy Agency
Proyección central: de ~485 TWh (2025) a ~950 TWh (2030) para el CONJUNTO de centros de datos, ~3 % de la electricidad mundial.
Ver fuente - 4
International AI Safety Report (febrero de 2026)
International AI Safety Report
Diferencia usos maliciosos, fallos y riesgos sistémicos. Su evaluación de capacidades tiene fecha: no describe el estado en septiembre.
Ver fuente - 5
Informe sobre el incidente de julio de 2026
OpenAI
Fuente primaria de la organización involucrada. Intervino principalmente un modelo interno de investigación con salvaguardas reducidas.
Ver fuente - 6
Generative AI at Work
Brynjolfsson, Li y Raymond (NBER)
5.172 trabajadores de atención al cliente: +15 % de problemas resueltos por hora, con beneficios mayores en los menos experimentados.
Ver fuente - 7
Ironies of Automation (1983)
Lisanne Bainbridge, Automatica
La automatización puede concentrar las exigencias humanas en las situaciones excepcionales, mientras la práctica se deteriora.
Ver fuente - 8
Technology as a geological phenomenon (2014)
Peter Haff, The Anthropocene Review
La tecnosfera como sistema con dinámicas cuasiautónomas del que depende la actividad humana.
Ver fuente - 9
Declaración Transhumanista
Humanity+
Posición filosófica y programática sobre ampliar capacidades; reconoce riesgos y distingue cambio de progreso.
Ver fuente
Conversa sobre este artículo
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