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El hongo que tomó el control de un robot: qué ocurrió realmente y por qué importa

Investigadores conectaron el micelio vivo de una seta comestible a dos máquinas y utilizaron sus impulsos eléctricos para dirigirlas. El hongo no aprendió a caminar ni se convirtió en un cerebro, pero el experimento abre una vía extraña y prometedora: robots que incorporan organismos vivos como sensores ambientales.

Equipo editorial HumanOS Future 7 min de lectura Mirada global
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Cornell Chronicle
El hongo que tomó el control de un robot: qué ocurrió realmente y por qué importa

Portada generada por HumanOS Future.

Lo que hay que saber

  • Investigadores de Cornell y la Universidad de Florencia integraron micelio vivo de Pleurotus eryngii (seta de cardo) con dos robots —uno blando con patas y otro con ruedas— y usaron su actividad eléctrica para dirigirlos; el trabajo salió en Science Robotics el 28 de agosto de 2024.
  • La interfaz, blindada contra vibraciones e interferencias, registra impulsos del micelio en tiempo real y los convierte en órdenes para motores y válvulas, con una arquitectura inspirada en los generadores centrales de patrones biológicos.
  • Al exponer el micelio a luz ultravioleta, sus señales cambiaron y también la marcha de los robots: el componente vivo funciona a la vez como fuente de señal y como sensor ambiental.
  • El hongo no aprendió, no recordó ni decidió: la versión viral exagera. Lo demostrado es señal eléctrica viva → reacción a estímulo → control de movimiento vía electrónica convencional.
  • La aplicación más plausible no es un cerebro fúngico sino redes vivas como sensores distribuidos (suelo, humedad, contaminación); ninguna capacidad comercial está demostrada todavía.
  • Un análisis en PNAS pide marcos de gobernanza específicos para robótica biohíbrida: liberación no controlada, entrada de organismos en cadenas ecológicas y responsabilidad por sistemas que se adaptan biológicamente.

No tiene cerebro, músculos ni sistema nervioso. Sin embargo, un hongo vivo consiguió influir en el movimiento de dos robots construidos por investigadores de Cornell University y la Universidad de Florencia.

El equipo cultivó micelio de Pleurotus eryngii —una seta comestible conocida en español como seta de cardo— dentro de una interfaz electrónica. Después registró sus pequeñas variaciones eléctricas y las transformó en instrucciones capaces de mover motores y válvulas.

El resultado fue publicado en Science Robotics: un robot blando con patas y otro provisto de ruedas se desplazaron siguiendo patrones derivados de la actividad electrofisiológica del hongo. Cuando los científicos iluminaron el micelio con luz ultravioleta, sus señales cambiaron y también lo hizo la marcha de las máquinas.

No fue exactamente un hongo conduciendo. Pero tampoco fue simplemente una batería biológica pegada a un robot.

Cómo se conectó un organismo vivo con una máquina

El micelio es la red de filamentos mediante la cual los hongos crecen, exploran su entorno y transportan nutrientes. Esta red también genera variaciones eléctricas espontáneas y responde a estímulos físicos, químicos y ambientales.

El desafío consistió en capturar esas señales sin que el movimiento del propio robot, las vibraciones o las interferencias electromagnéticas las confundieran.

Los investigadores desarrollaron una interfaz protegida contra esas perturbaciones, capaz de:

  • registrar continuamente la actividad eléctrica del micelio;
  • identificar patrones rítmicos de impulsos positivos y negativos;
  • procesarlos en tiempo real;
  • convertirlos en señales digitales;
  • enviarlos a los actuadores del robot.

La arquitectura de control fue inspirada en los generadores centrales de patrones, circuitos biológicos que producen movimientos repetitivos como caminar, nadar o respirar. El micelio aportaba el patrón eléctrico; la electrónica lo interpretaba y la estructura mecánica ejecutaba el movimiento.

El equipo construyó dos plataformas diferentes: un robot blando con varias patas y un vehículo rígido con ruedas. Esto permitió demostrar que la interfaz no dependía de un único tipo de cuerpo robótico.

Tres experimentos y una diferencia fundamental

Los investigadores realizaron tres demostraciones principales.

En la primera, utilizaron los impulsos eléctricos espontáneos del micelio para producir movimientos repetitivos. Los robots avanzaron siguiendo el ritmo extraído de esas señales.

En la segunda, expusieron el hongo a luz ultravioleta. La estimulación alteró su actividad eléctrica y, como consecuencia, cambió la marcha de los robots. Esto mostró que el componente vivo podía actuar simultáneamente como fuente de señales y como sensor ambiental.

En la tercera, el sistema permitió reemplazar temporalmente la señal natural del micelio por una orden externa. Así, los investigadores conservaron la capacidad de intervenir sobre el robot en lugar de dejar todo su comportamiento subordinado al organismo vivo.

Esta combinación es importante: el hongo no aporta solo movimiento azaroso. Su reacción ante el entorno puede ser traducida a una conducta observable de la máquina.

No: el hongo no "aprendió a caminar"

El titular viral resulta atractivo, pero científicamente va demasiado lejos.

El estudio no demostró que el hongo:

  • aprendiera mediante entrenamiento;
  • recordara experiencias anteriores;
  • seleccionara una ruta;
  • entendiera que controlaba un robot;
  • desarrollara una intención de desplazarse;
  • tomara decisiones comparables a las de un animal.

Tampoco posee un "sistema nervioso". Los investigadores hablan de impulsos eléctricos similares a potenciales de acción, transportados por mecanismos iónicos en las membranas del micelio, no de neuronas ni de un cerebro.

Lo demostrado es más preciso: un organismo vivo produjo señales eléctricas, reaccionó ante un estímulo y esas variaciones fueron utilizadas por una interfaz artificial para controlar movimientos.

La diferencia puede parecer menos espectacular, pero científicamente es más interesante. En lugar de construir un sensor convencional para cada variable, los ingenieros intentan aprovechar un sistema biológico que ya evolucionó para reaccionar ante un entorno complejo.

Por qué utilizar hongos

La robótica biohíbrida lleva años experimentando con células musculares, neuronas, bacterias y tejidos animales. Esos componentes pueden ofrecer capacidades extraordinarias, pero suelen necesitar condiciones muy controladas para sobrevivir.

Los hongos presentan varias ventajas potenciales:

  • crecen formando redes extensas;
  • toleran condiciones relativamente adversas;
  • reaccionan a luz, temperatura, humedad, presión y sustancias químicas;
  • pueden integrarse físicamente con distintos materiales;
  • son más sencillos de cultivar que muchos tejidos animales.

En este experimento, una dificultad práctica fue mantener cultivos limpios mientras se introducían electrodos: la contaminación biológica sigue siendo un problema real, aunque el micelio resulte más resistente que otros tejidos utilizados en robótica.

El objetivo no es necesariamente fabricar androides cubiertos de champiñones. La aplicación más plausible sería emplear redes vivas como sensores distribuidos, integradas en máquinas que trabajen en entornos variables.

Del laboratorio al campo

Rob Shepherd, responsable del Organic Robotics Lab de Cornell, planteó como ejemplo futuro un robot agrícola capaz de detectar cambios en la química del suelo y decidir dónde se requiere fertilización. Eso podría permitir aplicar nutrientes de manera más localizada y reducir daños ambientales, como la llegada excesiva de fertilizantes a cursos de agua.

También podrían explorarse robots biohíbridos para:

  • vigilar humedad y composición de suelos;
  • detectar contaminación;
  • supervisar ecosistemas;
  • reconocer estrés ambiental;
  • inspeccionar lugares donde instalar múltiples sensores electrónicos sea costoso;
  • desarrollar materiales capaces de detectar daños o cambios estructurales.

Sin embargo, estas son todavía posibilidades, no capacidades comerciales demostradas.

El estudio no probó cultivos reales, navegación autónoma, reconocimiento específico de sustancias ni funcionamiento prolongado al aire libre. Tampoco estableció que el micelio sea más preciso que sensores electrónicos convencionales.

Para salir del laboratorio deberá demostrarse que sus señales pueden calibrarse, repetirse y distinguirse con suficiente confiabilidad entre distintos organismos, temperaturas, edades y condiciones ambientales.

¿Un robot, un organismo o una nueva categoría?

Los robots biohíbridos mezclan componentes vivos y artificiales de una forma que complica las categorías tradicionales.

En este caso, la máquina contiene un organismo vivo, pero el hongo no parece tener una capacidad conocida de sufrimiento comparable a la de los animales. Aun así, el campo abre preguntas relevantes:

  • ¿cómo se elimina un robot que contiene material vivo?;
  • ¿puede liberar organismos en un ecosistema?;
  • ¿qué ocurre si el componente biológico muta o se reproduce?;
  • ¿quién responde si una reacción biológica produce una acción inesperada?;
  • ¿qué controles deben existir antes de utilizar estos sistemas fuera del laboratorio?

Un análisis publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences pidió desarrollar marcos de gobernanza específicos para la robótica biohíbrida. Entre los riesgos discutidos están la liberación no controlada, la entrada de componentes vivos en cadenas ecológicas y la dificultad de establecer responsabilidades para sistemas que pueden adaptarse biológicamente.

No son razones para detener la investigación, pero sí para evitar repetir el patrón habitual: construir primero la tecnología y preguntarse por sus límites cuando ya está circulando.

Una prueba pequeña de una idea grande

Dos robots moviéndose lentamente sobre una mesa no constituyen todavía una revolución industrial.

Pero el experimento demuestra una idea poderosa: un robot no tiene por qué limitarse a imitar la biología. Puede incorporarla directamente como parte funcional de su sistema de percepción y control.

En una presentación de 2026 sobre las líneas de robótica de Cornell, el micelio continuaba apareciendo como posible material estructural y red sensorial, aunque todavía dentro de un campo experimental y sin despliegues comerciales anunciados.

La frontera que abre esta investigación no consiste en entregar un cuerpo a un hongo para que "aprenda a caminar". Consiste en algo más extraño: construir máquinas cuya capacidad para percibir el mundo no proceda únicamente de chips y algoritmos, sino también de organismos que llevan millones de años sobreviviendo en él.

Por ahora, el hongo no conduce. Pero la máquina ya comenzó a escuchar lo que el hongo tiene para decir.

Qué sabemos

El equipo integró micelio vivo de Pleurotus eryngii con dos robots. Su actividad eléctrica fue registrada y convertida en órdenes para los actuadores. La estimulación con luz ultravioleta modificó las señales y la marcha de las máquinas. El trabajo fue revisado por pares y publicado en Science Robotics.

Qué no sabemos todavía

No se ha demostrado aprendizaje, consciencia, navegación autónoma ni operación agrícola real. Tampoco se ha probado que esta solución sea más confiable, barata o precisa que los sensores electrónicos en aplicaciones comerciales.

Qué inferimos

Los hongos podrían resultar especialmente valiosos no como "cerebros", sino como redes biológicas multipropósito capaces de detectar cambios ambientales difíciles de anticipar al diseñar un sensor convencional.

Nivel de evidencia: alto para el experimento · preliminar para sus aplicaciones — estudio del 28 de agosto de 2024 · verificación al 31 de julio de 2026.

Correcciones respecto de la versión viral

  • Pleurotus eryngii es la seta de cardo o king oyster mushroom, no la trompeta de los muertos (que es Craterellus cornucopioides).
  • El experimento no demostró que el hongo aprendiera a moverse.
  • La luz ultravioleta modificó el patrón eléctrico y la marcha; no enseñó al organismo a caminar.
  • El robot mantuvo una electrónica convencional encargada de interpretar las señales y controlar los actuadores.

Fuentes

  1. 1

    Mycelium Based Perception in Bioelectronic Robots, by Robert F. Shepherd

    ICMAB-CSIC

    Anuncio de seminario de 2026 de Robert Shepherd sobre percepción basada en micelio en robots bioelectrónicos. Respalda la mención de que el micelio sigue apareciendo como línea activa (material estructural y red sensorial) en presentaciones de 2026. Es un anuncio de divulgación, no revisado por pares: por eso trust media y la pieza lo declara como campo experimental sin despliegues comerciales.

    Ver fuente
  2. 2

    Biohybrid robots controlled by electrical impulses — in mushrooms

    Cornell Chronicle

    Nota de prensa de Cornell (2024-08-28) con declaraciones de Anand Mishra y Rob Shepherd (Organic Robotics Lab). Respalda la visión de aplicaciones futuras atribuida a Shepherd —robot agrícola que detecta química del suelo y fertiliza de forma localizada— y el contexto del laboratorio. Verificado 2026-07-31 por fetch directo.

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  3. 3

    Ethics and responsibility in biohybrid robotics research

    PNAS

    Análisis (Mestre et al., PNAS 121(31), jul-2024, DOI 10.1073/pnas.2310458121) que respalda la sección de gobernanza: pide marcos específicos para robótica biohíbrida y discute riesgos como liberación no controlada, entrada de componentes vivos en cadenas ecológicas y asignación de responsabilidades. Verificado 2026-07-31 vía resolución del DOI (doi.org → 302 a esta URL); pnas.org bloquea bots con 403, corroborado por PubMed PMID 39042690 / PMCID PMC11294997.

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  4. 4

    Sensorimotor control of robots mediated by electrophysiological measurements of fungal mycelia (PMID 39196952)

    PubMed (NIH/NLM)

    Registro bibliográfico del paper: confirma revista (Sci Robot), fecha (2024-08-28), DOI y autores. Respaldo independiente de la existencia y datos de publicación de la fuente primaria. Verificado 2026-07-31 por fetch directo.

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  5. 5

    Craterellus cornucopioides (L.) Pers.

    GBIF

    Respalda la otra mitad de la corrección taxonómica: Craterellus cornucopioides es especie aceptada (Fungi, Basidiomycota, Hydnaceae) y sus nombres vernaculares incluyen 'trompeta de los muertos' (spa) y 'Horn of Plenty / Black Trumpet' (eng) — es decir, NO es la especie del experimento. Verificado 2026-07-31 vía API de GBIF (species/match → usageKey 2554662).

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  6. 6

    Pleurotus eryngii (DC.) Quél.

    GBIF

    Respalda la corrección taxonómica: Pleurotus eryngii es especie aceptada (Fungi, Basidiomycota, Pleurotaceae) y sus nombres vernaculares incluyen 'seta de cardo' (spa) y 'King Oyster / King Trumpet Mushroom' (eng). Verificado 2026-07-31 vía API de GBIF (species/match → usageKey 9075265; vernacularNames confirma los nombres comunes).

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  7. 7

    Sensorimotor control of robots mediated by electrophysiological measurements of fungal mycelia

    Science Robotics (AAAS)

    FUENTE PRIMARIA. Paper revisado por pares (vol. 9, nº 93, 28-ago-2024, DOI 10.1126/scirobotics.adk8019, Mishra et al.) que respalda el hecho central: micelio vivo de Pleurotus eryngii controlando un robot blando con patas y uno con ruedas, la interfaz blindada, la arquitectura inspirada en generadores centrales de patrones y el cambio de marcha bajo luz UV. Verificado 2026-07-31 vía resolución del DOI (doi.org → 302 a esta URL); science.org bloquea bots con 403, corroborado por PubMed PMID 39196952.

    Ver fuente
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